El Diario de Gualeguay
Desde 1901 al servicio de la región
54 3444 412846
Sábado, 24 de junio de 2017
COLUMNAS • RAZÓN CRITICA
domingo, 19 de marzo de 2017
El artista y la cultura
Lo sucedido días atrás en el recital del Indio Solari en Olavarría dejó mucha tela para cortar. Muchos retazos de ésta fueron ensuciados con mala leche mientras que otros fueron utilizados para flamear como banderas en las disputas partidarias de “arrojar culpas y conseguir beneficios”. En la presente columna se intentará sortear estas miradas plagadas de lugares comunes para enfocarse en un aspecto, a mi entender, poco analizado: la faceta cultural del trágico acontecimiento y el papel que cumplen en la sociedad actual el arte y los artistas. Para emprender tal tarea me sustentaré en diversos intelectuales que considero acordes y enriquecedores en la temática a tratar en la jornada de hoy.
El filósofo alemán, Theodor Adorno, posee una mirada crítica con respecto al arte y su posibilidad revolucionaria, posibilidad frecuentemente erigida por muchos artistas y seguidores. Dirá que el papel de éste es una funcionalidad sin función. Asimismo lo criticará cuando es dependiente de las nuevas tecnologías, de esta forma preferirá al artista autónomo que dé la espalda a la sociedad ya que expresará que el carácter social del arte se encuentra inmanente en su forma y no en comunicación directa con los individuos. Como ejemplo de elementos artísticos tecnológicos establecerá al cine, carente de un carácter revolucionario (en esta nueva era de las hipermediaciones la música también se ubica en esta órbita). Aquí entra en juego el concepto de “industria cultural” ideado por Adorno junto a su colega Max Horkheimer. Allí realizaran una fuerte crítica a la sociedad de masas y como los productos culturales tales como las obras de artes (en nuestro caso la música y específicamente la de los Redondos y el Indio Solari como solista) adquieren características de mercancías de rasgos industriales y estandarizados. Esta industria cultural repite formas ya conocidas y estereotipadas, por lo cual se pierde el carácter crítico de las expresiones artísticas. En adición, bajo la industria cultural el arte dilapida su capacidad de elevación del espíritu. Adorno argumentará diversas críticas a las vanguardias tales como el surrealismo y dadaísmo ya que no lograron oponerse al sistema y terminaron siendo incorporadas a su engranaje (con respecto a esto, Herbert Marcuse, colega de los antes mencionados, explica que el arte se define en su autonomía y en cuanto se somete al mercado deja de ser arte y pasa a formar parte de la cultura afirmativa de la burguesía, la cual es así debido a que afirma y oculta las condiciones de existencia, acepta las cosas ya dadas, legitima un orden social e injusto y no problematiza lo establecido). No obstante, Adorno percibirá al artista como una promesa de felicidad, una utopía anclada en la desesperanza y sufrimiento del hombre. No se puede soslayar que la substancia de las canciones del Indio se configura en estas situaciones.

Marcuse expondrá que en el arte hay una situación paradojal. Dirá que éste permite el disfrute de un momento de felicidad, suspendiendo la alienación. Sin embargo, esto es efímero y el oprimido debe volver luego a su rutina diaria como sujeto dominado. Nadie desconoce que luego de la algarabía de los shows del Indio, los fanáticos deben retornar a sus rutinas, inclusive muchos a juntar el “mango” para pagar las deudas que les posibilitaron ver a su ídolo.
Adorno vuelve a cargar sobre las nuevas formas de hacer arte ya que lo convierten en una mera mercancía o producto de consumo, éste se configura así dada la exigencia del modo de producción capitalista. La música sea folklore, cumbia, rock o lo que fuese, es una industria en donde productoras, discográficas, músicos, etc. ven sus posibilidades de subsistencia en el sistema económico actual. Esto ni siquiera es un reproche, es una descripción de la cual el Indio Solari ni los Redonditos de Ricota, en su momento, escapan.

Walter Benjamin, otro intelectual alemán, dirá que la reproducción técnica le quita al arte su “valor cultual”, su forma única e irrepetible. Lo vuelve un mero producto de consumo, símil a un objeto industrial. La reproductibilidad técnica le hace perder la “lejanía” a la obra, su “aquí” y “ahora”, es decir, su aura. Sin embargo, Benjamin observa una posible politización del arte ya que con la reproducción técnica adquiere un alto “valor exhibitivo” que le permitiría desarrollar sus capacidades liberadoras aglutinando, desde el cine, las percepciones de las masas. Al rock también se le imprimen usualmente estas capacidades, tal es así que Solari nunca huyó a la politización de su figura, de hecho en Olavarría planteó, por ejemplo, claros mensajes ligados a las Abuelas de Plaza de Mayo.

En estas épocas que atravesamos, todo análisis de la cultura, en las diversas prácticas musicales, debe hacerse en el marco de la industria cultural. En el recorrido teórico realizado por las ideas de diferentes autores queda claro que el Indio Solari no es un simple músico que va a tocar y nada más, como así tampoco se puede reflexionar acerca de lo que pasó en La Colmena a partir de dilucidar “cuanta plata se llevó el músico” (como se ha escuchado en varios medios de comunicación). En este contexto, el dinero que juntó el ex Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es un acotado detalle si se lo analiza por si sólo. A mi entender, lo importante es comprender hasta que punto la industria cultural y sus ansias de rentabilidad y ganancias pueden convertir a los eventos culturales en acontecimientos peligrosos para las personas. O sea que la pregunta no debería ser ¿cuánto dinero ganó el Indio en Olavarría? Sino ¿hubiera ganado menos, lo mismo o más de lo que recaudó en su último show si se hubiesen asegurado las condiciones mínimas de seguridad y comodidad para el público o si el concierto se hubiese hecho de otra forma? Diagramados estos interrogantes, ya pasan al ámbito de lo legislativo y judicial (que también tiene el deber de indagar sobre la parte estatal y privada de la organización de este recital). No obstante, desde lo cultural quedan otros puntos para reflexionar. Y vuelven las preguntas: ¿Qué rol como artista cumple Solari en este suceso? ¿Cuál papel le toca como reconocido agente cultural? El sociólogo Pablo Alabarces suma una oportuna mirada: “el descontrol es la norma que organiza la cultura rockera-ricotera: no es el exceso que la contradice. Los que hablan de responsabilidad individual olvidan que los seres humanos son hablados por su cultura y por su lenguaje; que van modificando a lo largo del tiempo –ni la cultura ni el lenguaje son inmutables- por y con sus propias acciones, pero en cada momento histórico la cultura funciona como la pauta que organiza la práctica. El buen intérprete es el que explica y analiza la práctica conociendo la cultura y lo que ésta prescribe, permite o proscribe. El que juzga desde otro lugar no hace más que meter la pata: promete explicación y sólo ofrece condena moral. E ignorancia sociológica, entre tantas otras”. A lo que agrega también: “Y sin embargo: también conocer esa cultura es obligación del que organiza. Si creemos que a un concierto van a ir las seguidoras de Violetta, debemos saber lo que piensan, sienten y exigen. Si sabemos que a Olavarría van a ir doscientos mil ricoteros con entradas; que cien mil más, por lo menos, van a tratar de colarse; si sabemos que nadie puede cortar las entradas justamente por eso mismo; si sabemos que ese público viaja horas (días) porque el viaje es parte del ritual; si sabemos que trescientas mil personas van a salir todas juntas a la misma hora a buscar transporte; si sabemos que el pogo es la práctica que da sentido a toda la experiencia estética –porque el público afirma en el pogo que es algo más que público, que es además protagonista, que tiene aguante, que está vivo porque poguea y no a pesar de que poguea–; si nuestro saber implica todo eso y bastante más, por lo menos poné dos carteles (vaya por acá, doble a la derecha) y cuatro lamparitas. Por lo menos”.

El arte, según la línea de los autores nombrados primeramente, no posee un carácter revolucionario. No obstante, su condición reformista no puede ser omitida dado el gran peso cultural que posee. En esta línea, un artist debe saber limitar la cultura que crea cuando las prácticas, morales y simbolismos de ésta ponen en riesgo la salud de sus seguidores. Tal vez, en este punto, es donde el Indio Solari se debería sentir más interpelado.

Julián Lazo Stegeman
(Fuentes: La Nación, Página 12, Revista Anfibia)