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Miércoles, 18 de octubre de 2017
COLUMNAS • MÑOR. J. LOZANO
sábado, 07 de octubre de 2017
La misión en el corazón de la iglesia
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.
Un cuerpo no vive sin el corazón. Es un órgano vital, lo necesitamos. Así también es la misión. No se trata de una actividad más, una tarea de dos semanas al año, o con ocasión de las Fiestas Patronales. La evangelización es la naturaleza misma de la Iglesia, para eso fue formada. Tanto es así, que una comunidad que no evangeliza languidece, se debilita y entra en estado vegetativo. Perdura pero no vive la alegría de la fe comunicada.

El Beato Pablo VI enseñó que “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa” (Evangelii Nuntiandi n° 14).

Cada año, en el mes de octubre, se celebra la Jornada Mundial de las Misiones, para sensibilizarnos y movernos a la oración que compromete. Francisco en el Mensaje para este año nos dice que “La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable.» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276)”. (Mensaje, n° 3)

Esta certeza de la vida nueva de Jesús Resucitado es la que nos impulsa a la misión y el testimonio. El Espíritu Santo derramado en el corazón de cada creyente y en cada comunidad irradia luz y comunica alegría. No la carcajada de una ocurrencia chistosa, sino la serena paz que nos hace confiar en el Amor que nos sostiene.

En este sentido nos dice el Papa que “la misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (EG 49)” (íd, n° 7). A veces vivimos como acartonados y con movimientos temerosos y cortitos, como madrina o padrino de casamiento que recién se terminó de cambiar para ir a la Iglesia y no quiere arrugar ni un poquito su ropa para salir prolijos en las fotos. Necesitamos soltarnos más y difundir la vida del Resucitado.

Muchos en el mundo no han oído hablar de Jesús, o apenas lo reconocen como un personaje del pasado. No como el Hijo de Dios que entrega su Vida por la salvación del mundo. Incluso en nuestro país, entre nosotros, es creciente el número de familia que no bautizan a sus hijos. Yo he podido visitar barrios muy pobres en los cuales los niños no van a catequesis o la abandonan prematuramente. Muchas veces doy gracias a Dios porque encuentro catequistas que con sacrificio reúnen a los niños en alguna casa del barrio o bajo un árbol; pero otras me quedo con el dolor de constatar que dejamos a muchos sin el Pan de la Palabra.

El lema propuesto este año es “La misión en el corazón de la fe cristiana”.

Claro que no todo es fácil ni sin contradicciones. Muchos misioneros en otras tierras experimentan persecución, cárcel, y hasta la muerte. Ellos necesitan de nuestro apoyo afectivo y espiritual. Recemos por ellos. Son enviados en nombre de toda la Iglesia.

El aporte económico en las colectas de este fin de semana es una manera concreta de darles una mano.