El Diario de Gualeguay
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Viernes, 24 de noviembre de 2017
REGIONALES • ACTUALIDAD
martes, 14 de noviembre de 2017
Las frutas maduras
Texto del Dr. Pablo Guerscovich publicado en la Edición aniversario
Por Pablo Guercovich

—¿Arbolitos?
Sonrió ante mi sorpresa, como siempre, aunque su sordera lo engañara y él se apresurara a contestar y uno lo parara y repitiera. Aunque nadie le hablara a él y no entendiera lo que dijeran. Aunque todo estuviera callado, si había alguien.
Los hombros caídos y un poco encogidos, la cabeza gacha, levantó las cejas y me mostró sus ojos marrones enormes:

—¿Whisky?
Mi abuelo Hersel Mayer. Noventa y cinco años. Recientemente viudo. Era 2002. Había plantado árboles frutales con sus propias manos en el fondo abandonado de su casa.

Acepté el whisky, claro. Se puso contento y me sirvió primero. Levantó el vaso, brindamos: le jaim.
Permanecimos en silencio y pareció adormecerse. Me instalé en su mirada y pretendí saber lo que él hubiera querido decir; pretendí que había bajado del barco y ya era un hombre y había tenido que aprender a ver otras cosas y poner otros nombres a las que ya conocía, puro mascullo que yo mascullaba, formas mezquinas que venían a estamparse contra la telaraña inservible de mi existencia anterior, desgarrándola. Así había enterrado mis idiomas, que sólo me recordaban lo que nunca sería y nombraban un mundo que aquí no existía. Porque debía erigir un futuro en castellano. Y en mi repentina niñez de palabras urgentes, había arrullado a mis hijos y me habían comprendido, pero nadie me había arrullado a mí en el idioma en que ahora hablaba: tenía sensaciones que nunca había nombrado y sentimientos que nunca había descripto, y aunque los acomodaba en grandes palabras como bueno, malo, sabio, querido, religioso, interesante, y agregaba muy y gran, y hacía fuerza con la mirada, a veces se ahogaban...

Me miró de pronto.
—Te voy a hablar de mi mamá —dijo—. Era una mujer muy hermosa, buenísima.
Detrás de su español trabado, remontada por las asperezas de las lenguas olvidadas, estaba su madre en el idioma original. Cómo rescatarla, me pregunté, aunque oscuramente la vi contra un fondo incandescente, su figura carcomida por la luz de una mañana, bordando. Pero no era ella, claro: su existencia era lenguaje intraducible de una memoria que era también intraducible —y no era la mía—; su existencia era la imagen de un dolor, un hilo rojo, una canción, pero sospechaba que también era un decir mamá en un lenguaje ignorado. No era ella, pero igualmente la imaginé en el recuerdo de Hersel, donde estaba viva y al lado estaba muerta. Acaso fuera lo mismo, vida y muerte en la memoria. Tal vez siempre estuviera muerta y su vida, en el recuerdo, fuera el recuerdo de su muerte (aunque todo recuerdo simboliza la muerte). Ya lo dije: bordando imaginé a su madre. Tenía rostro de gitana, me dijo, era morocha, hermosa.

—¿Le gustaba mucho bordar?
—Sí. Ganaba plata con eso.
La figura contra un fondo incandescente. Más atrás, una mancha. ¿Un monte? Que fuera, pues, un pico de los Cárpatos. Ella tenía brazos delgados. Su pelo negro y lacio estaba oculto bajo un pañuelo morado. La aguja brillaba entre dos dedos largos. Bordaba flores en rojo. O estrellas. A su lado, Hersel, sentado a la mesa, sostenía un libro antiguo, abierto en la mitad. Detrás, un hombre parado —su padre— se inclinaba sobre él y apoyaba un dedo en una página izquierda. Tenía una barba larga, sombrero negro, arrugado saco oscuro. La mano derecha en el medio de un círculo de luz mortecina, epílogo de un rayo de sol que atravesaba el ambiente oscurecido y se diluía cuando cruzaba la ventana abierta frente al niño, que miró hacia afuera. Su hermana jugaba con rocas. Casas de madera rústica se sucedían al costado de un camino, de espaldas a la ladera incipiente. Hersel observó en lontananza los árboles que cubrían la falda y pensó en la quinta que había detrás de su casa.

—Vamos al patio —dijo. Levanté el vaso hasta la altura de mis ojos y observé que restaba al menos un dedo de whisky. No me decidí a tomarlo de un sorbo, pero él confundió mi postura con la actitud solemne de quien adoraba la bebida y acercó su vaso para celebrar. Le jaim. Bebí y me incorporé. Cruzamos la cocina y salimos al jardín, él adelante por el sendero de cemento irregular. Cada tanto giraba la cabeza, me buscaba y perdía el ritmo. Yo lo seguía de cerca, vigilaba sus pasos, pero no lo tocaba, disimulaba. Le quedaba bien ese buzo Motor-oil, más con las aletas del cuello levantadas; lo hacía más liviano. Al cruzar la puerta que comunicaba con el patio grande, dobló a la izquierda. Volví a verlo avanzando entre escombros y matos hacia una línea de tres palitos verdosos. Movió la mano en señal de que lo alcanzara y cuando estuve a su lado me palmeó, riendo, y luego señaló, uno a uno, lentamente:

—Manzana, pera, ciruela.
—Como en Dubka...
—Sí, como en Dubka —se afirmó a un tronquito y lo agitó con tanta fuerza que me sorprendió—. No, no como en Dubka. Nosotros teníamos muchísimos árboles allá.
Entre dos ciruelos, rugió un cañón. Corrió Hersel, asustado, al encuentro de su madre. Una voz cercana ordenó otra descarga. La casa tembló tres, cinco, diez veces más. Silencio. El niño volvió a la quinta. Recogió manzanas, peras y ciruelas. Enfiló hacia la ruta. Vio pasar un carro repleto de soldados malheridos. Cinco lo seguían caminando, algunos cojeaban. Vi a Hersel obsequiándoles esas frutas en los confines helados del imperio austrohúngaro. Soplaba un viento arremolinado y frío, volvimos a la casa. Mi abuelo se apoltronó en el sillón doble del living, del lado derecho, frente a la puerta de entrada, donde siempre. Apoyó un codo sobre una pierna y lentamente, después, el mentón sobre la mano. Arqueó las cejas, agrandó los ojos, se adormiló.

Pasó un rato. Escuché un trueno y luego vi una gota rodar por la ventana. Imaginé terrones de tierra y fibras hinchadas, líquidos verdes, manzanas, peras y ciruelas.