El Diario de Gualeguay
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Miércoles, 15 de agosto de 2018
REGIONALES • ACTUALIDAD
domingo, 11 de febrero de 2018
Desde la lepra hacia la inclusión
Dice el evangelio: “Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». (Mc 1,40-41).
En tiempos de Jesús, en Galilea y Judea los leprosos formaban parte de un grupo llamado algo así como “los despreciables”, los cuales eran alrededor del 5 al 10 % de la población.

La gente en general en la antigüedad sentía pavor por la lepra. Era común esa enfermedad en tiempos bíblicos: afectaba a las personas y las desfiguraba. Como no se conocía ninguna cura, se ponía en cuarentena a los enfermos, quienes tenían la obligación de alertar a otros de su enfermedad.
Los líderes religiosos fueron creando-además- reglas sobre la lepra que iban mucho más allá de lo que establecían las Escrituras, complicándoles innecesariamente la vida a los enfermos.

Además al leproso se lo hacía sentir “culpablemente enfermo”, cargando con supuestas culpas personales o comunitarias.
El papa Francisco decía a un grupo de cardenales hace tres años meditando este evangelio: “Jesús, nuevo Moisés, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin auto-limitarse por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos. Y Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo”.

De alguna manera todos somos leprosos, el pecado nos ha hecho depreciables (¡no lo neguemos!). Es una equivocación eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. C. G. Jung entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás, nunca se transformará ni crecerá como persona. Ahora bien: sólo Jesús con su Redención nos libera verdaderamente de la culpa cuando iniciamos el camino de la conversión.
Por otro lado es necesario dejarse liberar del sentimiento de culpa cuando éste es enfermizo, cuando nos paraliza y deprime.
Pero hoy en la sociedad del “consumo y el rendimiento” (Byun Chul Han) muchos se sienten inferiores por no rendir según la medida que impone sutilmente el mercado.
Antes eran ciertos grupos religiosos los que creaban personas irremediablemente culpables. Hoy es la sociedad de consumo la que las crea. Siempre el poder violento busca recursos psicológicos para crear “súbditos”.

Además hoy el individuo sufre la “lepra” de la auto-explotación: “El individuo auto-explotado del siglo XXI por el sistema de dominación o la sociedad del rendimiento es en primer lugar un sujeto que se debe de auto-engañar para de este forma ser asimilado por la gran máquina basada en la técnica o tecnología…” (Han)
Los cristianos en comunión con Jesús y su Iglesia, con la fuerza del Espíritu, estamos llamados a liberar a los hombres de nuestros tiempos de las nuevas “lepras” que excluyen.
¡Nada más inclusivo en este mundo que estar junto al Altar!¡El cielo será la inclusión plena!