El Diario de Gualeguay
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Miércoles, 19 de diciembre de 2018
NOTAS LOCALES
Hoy, de “Cuentos de la guardia”
sábado, 14 de abril de 2018
A propósito de rondas y de madrugadas
Por un médico muy amigo llegué a un libro que me resulta interesante por tratarse de relatos breves, reales, ubicados en un contexto en que se mezclan el dolor, la urgencia, la angustia, la ciencia, la contención anímica, el alivio, un cóctel que la mayoría hemos vivido como pacientes, acompañantes o profesionales y, que muchas veces, no ocurre sólo en la función de médico, sino en la mayoría de las actividades porque es imposible separar la sapiencia de las emociones. Somos un todo.
Prof. Graciela Saavedra

El libro titulado “Cuentos de la guardia” resultó de la iniciativa de “Actualidad para Médicos (APM)” de reunir en un volumen las historias de vida recogidas por los médicos durante sus días de guardia y que fueron presentadas en un concurso.
Comparto con ustedes fragmentos del prólogo escrito por el profesor, ex decano de la F. de Medicina, ex rector de la UBA, investigador del CONICET, miembro de la Academia Nac. de Educación, Dr. Guillermo Jaim Ercheverry. Para esta ocasión, elegí el primer cuento de este libro:“A propósito de rondas y de madrugadas”

El valor de lo vivido
Guillermo Jaim Etcheverry *
Posiblemente el ejercicio de la medicina constituya uno de los más claros ejemplos de la vinculación que se establece entre el saber teórico y el ejercicio práctico de una actividad. Saber en acción, la medicina está basada en el conocimiento científico pero es, esencialmente, una práctica orientada a la solución de los problemas concretos que plantea el paciente.
…De allí que resulte de tanto interés el relato de las vivencias de quienes se enfrentan cotidiana mente con el pedido de asistencia por parte del otro que sufre. Estas recuerdan lo que es, en su esencia, esta actividad: una relación entre personas que, con frecuencia, se realiza en el enriquecedor ámbito institucional que vincula a un grupo de profesionales.

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…Estos relatos desnudan frente al lector la intimidad del alma del médico.
…Advertirán, una vez más, que aunque cambien vertiginosamente los paradigmas científicos y la tecnología, la actividad del médico sigue siendo la misma desde los tiempos de Hipócrates: ayudar al prójimo que necesita ser ayudado.


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A propósito de rondas y de madrugadas
Carlos Alberto Vettorello
El tono de la recepcionista no me deja dudas. Bajo salteando escalones.
Una joven alta se apoya en los hombros de sus acompañantes, cada vez que rítmicamente estira la cabeza hacia atrás. Viste con elegancia. La verticalidad de las líneas oscuras que parten desde los talones para perderse debajo de la falda remarcando las pantorrillas despierta mi atención. Me pregunto si sólo usa ligas o también lleva portaligas. Al aproximarme comprendo lo severo de su dificultad para respirar. La hago pasar, la ayudo a sentarse. El aire silba en sus bronquiolos. La protuberancia de su laringe participa en lo angustioso del episodio asmático.
Las dificultades respiratorias no son novedad en el cordón industrial. “Tampoco lo es la somnolencia de mis madrugadas", medito mientras cuento las gotas, abro el oxígeno y le alcanzo el nebulizador.
Con los ojos casi desorbitados agradece la mascarilla. Indico que la tome con la mano izquierda y extienda el brazo derecho. Su voz, por el esfuerzo que le significa hablar, resuena aguardentosa, casi varonil. El perfume de su escote, suave y dulzón, se impone sobre el olor de la guardia.
Coloco un lazo arriba del pliegue del codo. Las venas se llenan rápido, sobresalen más de lo que hubiese esperado. Mientras inyecto corticoide la respiración se vuelve menos anhelante, deja percibir el silencio en el pasillo. Sus acompañantes se han ido. No comprendo que la abandonen; menos ahora que sus ojos, al perder la expresión asfíctica, resaltan el brillo y la profundidad del negro.
Dejo para el final a la aminofilina. Con una paciente menos inquieta será más fácil inyectar con la lentitud que requiere el fármaco. La morosidad con que empujo el émbolo me permite bajar la vista. El primer dedo del pie que ella adelantó espía atrevido desde la puntera del zapato. El aroma del calzado nuevo y el cuidado hasta en los detalles mínimos hacen que algo se mueva dentro de mí. Desplazo la vista hacia la abertura posterior. El talón, no demasiado pequeño, se deja ver sin asperezas.
Respondiendo a mi curiosidad desplaza los pies bajo la silla. La pollera se desliza, descubre parte de los muslos pero sin disipar mis dudas acerca del portaligas.
Retiro la aguja, le recibo la máscara.
-Gracias -dice-o Ahora puedo respirar.
Aunque ya no se agita, el tono de su voz continúa aguardentoso, seductor.
Deseo que no se vaya, miento que no tengo apuro Le sugiero que aguarde unos minutos hasta estar seguros de que su problema se superó. ¿Qué me está pasando? ¿Qué hago a esta hora, sofocado, sintiendo golpeteos en el pecho y conduciéndome como principiante? ¿Por qué esta sensación culposa? ¿Qué me impide mirar la negritud de esos ojos y decidir que me gustan?
Mientras con mohines algo estereotipados arregla su cabello le extiendo una receta. Se incorpora, busca algo en la cartera, me lo da. Es una tarjeta perfumada, tiene impreso un nombre exótico y un número telefónico.
-No tengo otra manera más íntima de agradecerle, doctor. Si está interesado llámeme. El mes que viene viajaré a Inglaterra para operarme.
Mi espíritu vira al rubí ígneo. La sorpresa me deja sin saber qué hacer con la tarjeta; sólo atino a olerla una y otra vez.
Sus labios rozan apenas mi mejilla. Gira hacia la salida permitiéndome ponderar lo estrecho de sus caderas. Se aleja erguido, sin volverse. Tieso, reprimo el reflejo de devolverle el saludo y acompañarlo hasta la puerta.
Regreso bajo las sábanas avergonzado de no haberme permitido un gesto de cortesía que, sin comprometerme, lo habría
hecho sentirse menos discriminado.