El Diario de Gualeguay
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Miércoles, 15 de agosto de 2018
COLUMNAS • RAZÓN CRITICA
domingo, 05 de agosto de 2018
No nos confundamos
Otra vez la educación pública vuelve a estar en el centro de la escena. Esta vez, lamentablemente, por la trágica muerte de dos personas, una trabajadora y un trabajador de la educación en el municipio de Moreno, provincia de Buenos Aires.
Entre tantos dimes y diretes (algunos que intentan ligar al gobierno de María Eugenia Vidal a este deplorable suceso y otros que pretenden desligarlo por completo), lo cierto es que se perdieron dos vidas en el contexto de una problemática que no parece tener fin en la Argentina. La educación es el principal instrumento que posee cualquier Estado para lograr el crecimiento social y las mejoras de vida de sus ciudadanos. Sin embargo, en nuestro país, entre las faltas de diálogos, de consensos, los problemas infraestructurales y muchísimas veces, también, las contingencias salariales que deben enfrentar nuestros docentes, pareciese ser que la educación no formase parte primordial de las agendas del poder público. ¿Cómo exigir educación de calidad si los maestros y profesores no sólo deben llevar adelante inagotables luchas por sueldos dignos sino que, además, deben suplir las funciones de gobiernos cuyas políticas aumentan el número de niños en los comedores? ¿Cómo demandar educación de primer nivel si ni siquiera se aseguran condiciones edilicias y materiales adecuadas? Las disputas que llevan adelante los docentes deben ser acompañadas por la sociedad en su conjunto, sin ellos el tejido social corre graves peligros.

Luciano Sanguinetti, Director del Observatorio de Calidad Educativa, entre los tantos males de la educación argentina, plantea uno que está estrechamente relacionado con lo ocurrido en estos días: “la elefantiasis administrativa del sistema”. Con respecto a esto, él lo explica del siguiente modo: “ministerios ricos y escuelas pobres. Cada día crecen más los ministerios. Cientos de asesores, inspectores, técnicos, administrativos, supervisores, y programas y programas que engordan el sistema y empobrecen a las escuelas. Según un informe del Centro de Estudios de la Educación Argentina, en la provincia de Buenos Aires, en el nivel primario, uno de cada tres docentes no cumple funciones en el aula, cuando vemos a diario escuelas que pierden días de clase porque se llueven los techos de las aulas. El último censo de infraestructura escolar realizado en 2017 en la provincia de Buenos Aires confirmó que el 80% de las escuelas presentan problemas de infraestructura; otro dato elocuente de las dificultades que enfrentan las escuelas es el déficit tecnológico. Según la Encuesta Nacional de Integración de TIC en la educación básica, realizado por Unicef, en 2015, el 50% de nuestras escuelas no tiene conectividad y menos del 10%, una pizarra digital. Por otra parte, seguimos atrasados en la cobertura del nivel inicial (solo alcanzamos el 70% en la sala de 4 años), clave para el desempeño de los niños y los jóvenes en sus trayectorias escolares. Es decir, necesitamos que las escuelas vuelvan a ser el centro del sistema. Docentes y directivos con buenos ingresos y bien formados. Escuelas con autonomía y familias comprometidas en los aprendizajes de sus hijos. Escuelas donde circulen la ciencia, la tecnología, los deportes y las artes….”.

Muchas veces parece ser que la sociedad en nuestro país parece reaccionar cada vez que sucede una tragedia. Lo que pasó esta semana no es la excepción. La problemática de la educación es algo que lleva muchísimos años en la Argentina. No obstante, se ubica sobre el tapete de la opinión pública para debatirse cada vez que ocurren estos hechos lamentables y tristes. Al Estado no sólo lo componen los gobiernos de turno, sino que nosotros, los ciudadanos, somos parte esencial. En este sentido, no podemos omitir los debates sobre un tema tan importante para el futuro: la educación. En vez de estigmatizar a los educadores, deberíamos, como ya mencioné, acompañarlos en sus luchas. Que existan unas minorías de burócratas sindicales, como en casi todas las agrupaciones de los trabajadores, no implica que todos sean así. La mayoría son laburantes que buscan cumplir con sus funciones profesionales en condiciones aceptables para poder llevar el pan a la mesa.
No nos confundamos, si queremos una educación de primera calidad para nuestro país, empecemos por lo más importante, asegurarles condiciones materiales de trabajo y subsistencia a los maestros y profesores.

Julián Lazo Stegeman
(Fuentes: Infobae, Página 12, La Nación)