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Martes, 23 de octubre de 2018
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viernes, 12 de octubre de 2018
Alcanzar el bienestar: claves para desarrollar una inteligencia que nos permita a vivir mejor
Pablo Hirsch es psiquiatra, terapeuta cognitivo y autor del libro Inteligencia para el bienestar (Ed. Sudamericana), en diálogo con Entremujeres mapea el camino hacia cambios positivos que desafían los estilos de vida actuales.
Para la medicina china el exceso de alegría era tomado como un desequilibrio del Shen (energía del corazón) que podía conducir al efecto contrario si actuaba desmedidamente. "Bienestar" es un concepto más suave que "felicidad" o "alegría", menos efímero y, suponemos, menos intenso.

¿Se puede desarrollar una inteligencia más consciente para poder beber de la copa del bienestar? Hirsch se mete con los factores de la insatisfacción humana, con el agujero de la queja, la frustración por los sueños no cumplidos y los estancamientos que nos adormecen en la llamada "zona de confort", esa telaraña que nos impide buscar lugares mejores que, intuimos, existen ahí donde nos animamos a soltar lo conocido. Inteligencia para el bienestar (Editorial Sudamericana), de reciente edición, se hace de historias de vida reales, cuadros sinópticos, estadísticas universitarias y mapas de ruta como "tips" para aumentar la satisfacción vital. Hablamos con su autor sobre dilemas de la vida moderna, ataduras psíquicas y búsquedas.

- Desde tu punto de vista, ¿cuál es la diferencia entre "tener bienestar" y "ser feliz"?
Algunos autores hablan de “felicidad” como sinónimo de “bienestar”. Personalmente, me gusta la definición que indica que la felicidad es un grado extremo de un estado emocional positivo; por lo tanto, es difícil sostenerlo en el tiempo. En cambio, el “bienestar” es un estado emocional positivo relativamente estable. Esto puede incluir estados positivos intensos, como la alegría o la euforia, y otros más neutros, como la relajación y la tranquilidad. El bienestar presenta un juicio de valor por parte de la persona respecto de su nivel de satisfacción general con su vida. En su proceso de valoración, evalúa entre otros factores, cómo se siente en respecto de sus relaciones familiares y de pareja, su salud, su trabajo, sus actividades de autocuidado, entre muchas otras. Por eso, en los últimos años, muchos investigadores promovieron un cambio: empezar a utilizar el término “bienestar” en vez de “felicidad”, ya que el estado de felicidad sostenida en el tiempo es inalcanzable, mientras que el bienestar hace referencia tanto a una experiencia óptima como a un funcionamiento adecuado de de la persona, y por lo tanto es un estado emocional más alcanzable y “trabajable”.

- ¿En qué nos “confundimos” los humanos en esa búsqueda incesante de estar mejor?
Existe una diferencia entre lo que aprendemos, las creencias que desarrollamos respecto a la búsqueda de la felicidad y lo que realmente necesitamos para alcanzar mayor bienestar. Gran parte de lo que emprendemos durante nuestras vidas tiende a la búsqueda de dos grandes objetivos existenciales: hacer lo posible para sentirnos bien y hacer lo posible para que las personas que son significativas para nosotros se sientan bien. Esto queda reflejado en nuestro recorrido vital: desde que nacemos, desarrollamos habilidades cognitivas y motoras para interactuar con nuestro entorno y adaptarnos a él. A medida que vamos atravesando las distintas etapas, buscamos crear nuevos escenarios para sentirnos bien física y mentalmente. Esto nos conduce, muchas veces, a tratar de tomar mejores decisiones laborales, de pareja o vinculadas con las relaciones interpersonales o con el cuidado de la salud.

Sin embargo, los resultados de esas decisiones no necesariamente mejoran nuestro grado de bienestar porque recorremos el camino con una visión limitada, sin tener los recursos, los conocimientos ni las habilidades necesarias, y sin una guía conceptual para poder avanzar con eficacia. Un ejemplo: hoy sabemos que alcanzar el éxito profesional, tener altos ingresos o alcanzar la fama, son variables que tienen un impacto muy bajo en los niveles de bienestar subjetivo de las personas.


Que los seres humanos tengamos la capacidad para la introspección no implica que tengamos la práctica regular de mirar hacia nuestro interior de forma consciente.
Que los seres humanos tengamos la capacidad para la introspección no implica que tengamos la práctica regular de mirar hacia nuestro interior de forma consciente.

- Las neurociencias, ¿qué aportan a esta búsqueda?
Los neurocientíficos estudian los procesos normales del cerebro y su impacto en el comportamiento y las funciones del pensamiento, pero también investigan qué sucede con el sistema nervioso cuando las personas tienen trastornos neurológicos, psiquiátricos o del neurodesarrollo. La neurociencia ha hecho descubrimientos sorprendentes sobre el funcionamiento del cerebro en los últimos años. Sin embargo, es mucho más lo que no sabemos que lo aprendimos. A modo de ejemplo, la última década empezó con grandes metas para la psiquiatría: identificar biomarcadores de trastornos psiquiátricos, evaluaciones dimensionales para calcular la severidad y mejorar la detección precoz. El estado actual de la ciencia no lo permite porque aún no tenemos suficientes evidencias.

Algunos autores sugieren que se invierte mucho dinero en la investigación biológica y no lo suficiente en la psicológica y social. Allen Frances, psiquiatra que fue una de los que condujo durante años el desarrollo del Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) que utilizan los psiquiatras para hacer diagnósticos, dijo “hemos aprendido en 30 años que podemos descubrir muchas cosas sobre el funcionamiento del cerebro, pero traducirlo para mejorar la práctica clínica es muy difícil. A día de hoy no creo que ningún paciente que se haya beneficiado de los avances en neurociencia. No hay nada más excitante que los descubrimientos en neurobiología y genética, pero aún no han ayudado a ningún paciente”. Personalmente, considero que la neurociencia tiene un enorme potencial y vamos a ser testigos de grandes descubrimientos en las próximas décadas.