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Martes, 16 de julio de 2019
SUPLEMENTOS • GUALEYOS
domingo, 17 de febrero de 2019
Graciela Juarez: En Marruecos
Hace poco tiempo nuestra amiga Graciela Juárez, gualeya que reside en La Plata, viajó a Marruecos. Ella nos confiaba que en su mente estaba contarnos la experiencia en el desierto, pero al ponerse a escribir, sus recuerdos la guiaron a Marrakech, una de las ciudades imperiales de Marruecos. Una experiencia única, distinta, atrapante.
¿Por qué visitamos un lugar? ¿Qué motivos nos impulsa para generar esa inquietud que luego concretamos en un viaje? Son muchísimas las respuestas. En mi caso, llegué a Marruecos después de haber leído Las voces de Marrakech (ed. 1996), de Elías Canetti (búlgaro, Premio Nobel 1.981, escritor y pensador en lengua alemana). En cada capítulo pinta con palabras todo cuanto sucede en la Plaza de Marrakech, en una calle, en un barrio… Sus colores, olores, sonidos, movimientos, voces y ecos. Como suele ocurrir, sus decires me hicieron vivenciar esos lugares. Desde entonces pasaron muchos años hasta poder recorrerlos.

Como en toda sociedad, sus costumbres se mantienen, pero con rasgos diferentes. Ha evolucionado o, mejor, se ha modernizado. Vemos por ejemplo que no todas las jóvenes usan el atuendo correspondiente. Muchas se visten ahora con vaqueros.

Marrakech es una de las ciudades imperiales de Marruecos, denominada “la Perla del Sur”, fundada en las postrimerías del siglo XI y que descansa en las laderas del Alto Atlas. Ha sido y es, la gran metrópoli bereber, que conserva en toda su pureza original, la estructura medieval de la época.
Recuerdo a Canetti y, después de recorrer la medina, llego a la Plaza Jemaa El –Fna al atardecer. Permanece aún en mis oídos el bullicio de las cigüeñas arremolinadas en sus nidos ubicados en la muralla de la medina.

Impresiona el espectáculo en la plaza. Los cuenteros y escribanos de Canetti, han sido reemplazados por otro tipo de presentación. La gente se concentra frente a un contador de historias y permanecen allí, anonadados, hasta que finaliza esa actuación.
Sí, están también las serpientes amaestradas, otros tipos de comerciantes, otras tiendas…

Olores a cueros, aceites, ámbar, jazmines, especias. ¡Todo a la venta, pero sin precio!!! Arte y seducción por parte de los mercaderes para ubicar los productos. Muy valiosos estos por cierto, pero muy hábiles para conquistar al visitante. Si como tal, accedes al diálogo, tendrás la seguridad de haber sido un comprador.
Uno de los mercaderes me invitó a sentarme junto a ellos. Interpretaban temas en instrumentos tradiciones, uno en qarqaba, especie de maracas, el otro en lo que llaman sintir, parecido a un guitarrón. El primero tuvo la amabilidad de prestarme su gorrito muy pintoresco, que no me negué a lucirlo.
La plaza está desbordante, pero llega un momento en que cada cual sabe que debe retirarse.

Judíos y árabes compartieron desde siempre Marrakech. Pero los judíos se fueron para Israel o salieron de la medina. Sí, casi todos los habitantes son descendientes de la etnia bereber, los habitantes primitivos del norte de África, anteriores a la llegada de los árabes. De allí sus facciones, su color de piel, tan diferentes a los de otros pueblos de África.

Las casas de los más humildes están en los suburbios; algunos las construyen en forma de sótanos para que sean más frescas.
El azul de su cielo, el color rojizo-aladrillado de los edificios, el verde de las palmeras y el blanco de las cigüeñas y de los picos nevados del Atlas, enmarcan con su belleza a este lugar de la historia, de la humanidad y de la cultura.
Graciela Emilia Juárez
La Plata, 14 de febrero de 2019