El Diario de Gualeguay
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Miércoles, 24 de abril de 2019
NOTAS LOCALES
domingo, 14 de abril de 2019
Un amor sin medidas
Esta es la historia de un amor puro, ciego, extraordinario. De un amor valiente, con agallas y con ganas de seguir siempre al frente. Un amor que sortea cualquier límite, cualquier barrera, cualquier obstáculo. Un amor fuerte, lleno de sueños y largos abrazos. Esta es la historia de cuatro personas de gran corazón que el destino unió para que formaran una familia.
José Pabon Ezpeleta y Carolina Gargano se casaron en 2005 luego de varios años de novios, con el sueño de tener hijos y formar una familia. Todo iba muy bien, hasta que intentaron quedar embarazados y no pudieron. Después de un largo proceso descubrieron que no iban a poder ser padres y probaron con in vitros que no dieron resultados positivos. En el medio de ese proceso desgastante, doloroso y agotador, disidieron que no iban a quedarse así, que iban a seguir persiguiendo su sueño. Y ¿por qué no darle un hogar a un niño que lo necesitara? Con tantos que hay en el mundo que ni una caricia o una comida calentita conocen… Así que, en ese momento y sin pensarlo demasiado, fue que decidieron abrir las puertas de su casa para que fuera un hogar. En ese momento decidieron adoptar. En ese momento decidieron buscar a sus hijos por el mundo, hasta encontrarlos.

Llenos de esperanza e ilusiones, se anotaron en el registro de adopción argentino. El tiempo pasó y en medio ocurrieron catástrofes naturales desbastadoras en Haití. José siempre se había quedado con eso en mente y comenzó a averiguar. Descubrió que ese pedacito de isla, era un completo caos, algo que no se puede imaginar. Los haitianos no tienen siquiera cosas básicas como agua potable. Electricidad hay de una a tres horas por día, más no. Es un lugar totalmente oscuro. No tienen cloacas, no tienen sistema de recolección de basura, así que si uno camina por sus calles puede ver montañas y montañas por todos lados. Pero la basura de Haití no es como la de acá porque no tienen nada, así que no tiran nada más que cáscaras de huevos y bananas. Y la gente, se alimenta de eso. Familias enteras viven en conteiner y hacen casitas con nailon. Las ratas se escabullen por todos los rincones, como acá los pajaritos, y los niños las persiguen para matarlas. José descubrió que, en Haití, el 90% de la población es pobre. Que la salud es pública pero no gratuita y que es hospital parece un deposito, sin nada y solo un médico va a visitarlo dos horas al día. La educación tampoco es gratuita. Todo hay que abonarlo en dólares, así que más de la mitad de los haitianos son analfabetos. Por ello, decidieron adoptar en Haití.

José siguió averiguando. Envió un email a la embajada y ellos los conectaron con APNI, una ONG que se encarga de las adopciones. Así que fueron a su primera reunión donde se encontraron con parejas que se habían anotado hace más de 10 años y todavía no tenían hijos. Les pidieron que para inscribirse presentaran una gran carpeta llena de estudios psicológicos y análisis de todo tipo, entre otras cosas. Así que en abril de 2014 la iniciaron y pudieron terminarla recién en agosto de 2015. Lista la carpeta, marchó a Haití. Los años pasaron y en enero de 2018 los llamaron para contarles que ya tenían asignados a sus hijos, una nena de hoy 4 añitos y su hermanito de 3. Viajaron a conocerlos y fue algo maravilloso. Los niños ya sabían que ese día iban a ir sus padres blancos, como ellos les dicen. En el primer encuentro, que sucedió a la mañana, los pequeños los observaron mucho pero también los abrazaron. Cuando volvieron a la tarde, ya les dijeron papá y mamá, algo que José y Carolina no se esperaban escuchar, algo hermoso. Conectaron enseguida y los niños les entendieron el español sin ningún problema. Fueron a pasar 15 días. El n° 12, fue una asistente social a visitarlos, a ver la relación y todo estaba perfecto. Desde ese día, la ansiedad por tenerlos en casa, creció y creció. En el hogar que están, hay 65 chicos más. Casi todos tienen una familia asignada y la mayoría llegó con problemas de desnutrición. Así que la única forma de saber que están bien es cuando van otros padres argentinos o de otras partes del mundo que les envían fotos y hacen video llamadas. “Todas las mañanas, desde que los conocí, le pido al ángel de la guarda que los proteja”, me dijo Carolina con lágrimas en los ojos. Por suerte, ellos los han podido ir a visitar varias veces y en todos los viajes les llevan golosinas, leches, juguetes y demás cosas para todos.

Acá en Gualeguay, ella está preparando la casa muy entusiasmada. La habitación de sus hijos está repleta de cosas para ellos, igual que el resto del hogar. Fotos, en portarretratos, de los pequeños invaden el lugar. Me dijeron que no fue fácil, tantas trabas los tiraban abajo, pero nunca perdieron la fe y si tuvieran que volver a vivir esta experiencia, lo volverían a hacer. Ahora también se les hace difícil porque desde que los conocieron dejaron allá dos pedacitos de sus cuerpos, pero el apoyo que han tenido de parte de sus familiares y amigos, es incondicional y los ayuda a seguir este largo camino.

Hace ya unos meses les dijeron que los niños ya eran sus hijos, tenían su apellido. Ahora faltan los últimos trámites como la visa y el pasaporte. Así que esperan que dentro de muy poquito tiempo ya estén todos juntos en casa y puedan convivir como la gran familia que entre todos han podido formar. Ya no les falta nada para hacer su sueño realidad.

Marilina Camino Gomensoro