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Viernes, 19 de julio de 2019
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miércoles, 15 de mayo de 2019
La monja zen argentina que llama a “despertar” a la humanidad
Ariadna Dosei Labbate es una de las pocas mujeres en Latinoamérica que obtuvo el título de shiho en la ceremonia del Dharma, una certificación de transmisión de maestro a discípulo muy importante en el budismo mahayana.
“Creo que los humanos tenemos que despertarnos, la vida es gozo, es maravillosa, es dura a veces, porque es duro habitarse, porque la materialidad es pesada, pero más allá de lo que estamos viviendo es lo que tenemos como tarea y como especie: despertar”, dice Ariadna Labbate, una líder en su corriente espiritual, una maestra que desde hace 30 años realiza prácticas de zazen (meditación con la postura del Buda) y que en abril de 2015 recibió el “shiho”, una transmisión, por parte de su maestro Kosen Thibaut.

​Labbate forma parte del linaje del Soto Zen, del budismo mahayana, que tiene 2.500 años de antigüedad. “El ser humano de por sí es amoroso”, dice. “Lo espiritual no es para gente puritana o especial, es simplemente nuestra condición humana”, remata.

Acaba de cumplir 50 y desde sus 20 realiza prácticas espirituales budistas. Se levanta muy temprano a la mañana en su casa de Capilla del Monte, Córdoba, y sube la montaña hacia el Templo Zen Shobogenji, a cinco kilómetros del casco urbano. Allí medita una hora y media y luego comparte con el resto de los practicantes un desayuno tradicional llamado Gen maï (una sopa típica conocida como “de los monjes zen”). Luego, todos se disponen a hacer samu, “trabajo en común para el bien de todos”.

“A veces me quedo el día o varios seguidos, sino bajo al mediodía al pueblo, donde tengo mi casa, a preparar la comida, a compartir con mi hija y a trabajar; porque tengo mi propia vida también más allá del ámbito del zen”. Labbate es mamá de una adolescente de 18 años, es astróloga, brinda talleres de sabiduría ancestral; además, trabajó como coach y mediadora, facilitando procesos de cambio con equipos en organizaciones, escuelas, bomberos, empresas.

Aprender a quedarse quieta. Respirar, entrar en la experiencia de la respiración. Estirar la columna. Las piernas, bien ancladas en la tierra. Desde ese lugar, entrar dentro de una misma. Sentarse como Buda.

Así describe Ariadna la experiencia del zazen: “Desde la materialidad del cuerpo entramos en conexión con la energía del cielo y la energía de la tierra; en una dimensión que es más allá del pensamiento, para darnos cuenta de los aspectos ilusorios de esta realidad, para ir más allá de los velos perceptivos de la consciencia.” Apaciguar el espíritu es eso que muchos mortales modernos anhelamos, entrar en una zona fuera del tiempo y del espacio, donde tal vez no hay miedo porque no hay nada que alcanzar, no hay nada que perder, no hay ningún horario que cumplir. “Si tomamos esa experiencia, nos da mucha libertad. Esto no tiene nada que ver con una experiencia intelectual, no hay que hacer nada más que poner el cuerpo”.