El Diario de Gualeguay
Desde 1901 al servicio de la región
54 3444 412846
Jueves, 20 de junio de 2019
SUPLEMENTOS • SER MUJER HOY
jueves, 23 de mayo de 2019
En primera persona: cómo son la niñez y la adolescencia de una chica trans
Bullying, discriminación, soledad y mucha tristeza fueron parte de los primeros años de vida de Carolina Unrein, autora de Pendeja. Diario de una adolescente trans. Aquí, un mano a mano con la actriz y escritora.
“Una infancia arrebatada”. Así define Carolina Unrein esa idealizada etapa de la vida que a ella le tocó transitar entre la incertidumbre, el bullying, la baja autoestima, la violencia emocional, el abuso sexual y la profunda tristeza. Sus primeros años estuvieron marcados, entre otras cosas, por maestras que hicieron de la discriminación una bandera y hasta de una psicóloga que, sumida en el binarismo de género, aseguró a los padres de quien en ese entonces se llamaba Agustín que eso de “sentirse niña” sólo se trataba de “una fase”.

Entre reglas y roles donde no se sentía cómoda, acudiendo una y otra vez a lo que ella denomina “prohibidamente rosa”, atravesó un sinfín de dificultades que la dejaron con el corazón roto. Y fue exactamente ese corazón roto el punto de inflexión: ese dolor abrió los ojos de su mamá y su papá; puso nombre a sus sentimientos y la empujó a ser quien hoy escribe Pendeja. Diario de una adolescente trans (Editorial Chirimbote). En diálogo con Entremujeres, Carolina repasó los puntos claves de la obra, que no es más ni menos que un repaso de los momentos cumbres de su joven vida.

- En tu libro hablás de maestras y una psicóloga que, claramente, no estuvieron a la altura de las circunstancias. ¿Creés que en este tipo de profesionales falta formación al respecto?

- Sí, creo que hace mucha falta la formación en educación sexual y en diversidad para profesionales como fueron mi psicóloga y muchas de mis maestras y profesoras. También creo que en el sistema educativo en general hay maestras que no están formadas o que no han adquirido las herramientas pedagógicas suficientes para responder a una situación a las que no están acostumbradas, más allá de la normalización y la enseñanza de la vergüenza. No culpo a nadie por no saber lo que significaba ser trans del 2004 al 2012, que fue cuando yo hice la primaria. De hecho, la Ley de Identidad de Género se sanciona justamente en 2012. Por lo que sí las culpo a mis maestras es por haberme enseñado que tenía que avergonzarme de llorar, de querer jugar con mis compañeras mujeres. La enseñanza de que eso está mal y que ser así está mal y que hay algo que está mal con tu ser. No las culpo por no tener la mejor respuesta, pero sí las culpo por haber tenido la peor posible. No es necesario tener formación específica sobre la niñez trans para evitar las respuestas y los mecanismos de enseñanza más perversos y dolorosos que se le pueden dar a une niñe.

- También te referís al bullying, ¿cómo lograste sobreponerte a esto?

- Con mucha fuerza, con la misma fuerza que me llevó a escribir este libro. Con esa misma fuerza que me banqué todas y cada una de las cosas que me decían o escribían en redes sociales. Con la misma fuerza con la que hablé de mi abuso sexual. Con esa misma fuerza me hizo la persona que soy hoy. No sé si es la fuerza o el poner la otra mejilla la mejor manera de sobrellevar esta violencia emocional y psicológica que no sólo sufrí de mis compañeres, sino también de gente del pueblo y de mis maestras. Pero cada uno lo sobrelleva como puede.
¿Cuál fue el clic que finalmente hizo que decidieras asumirte como Carolina? ¿Cuál fue la respuesta y el acompañamiento de tus padres?

- No sé si hubo un clic. Lo que recuerdo fue que conocí a Björk cuando yo tenía 13 años y en su música logré encontrar un espacio seguro, donde había otros mundos y otras visiones posibles, más allá de lo que me habían mostrado que existía. Fue cuando encontré la definición de lo que significaba ser trans, justamente a los 13 años, que entendí lo que me estaba pasando y pude darle un nombre. Fue como un gran tesoro: empecé a investigar, a ver las posibilidades que teníamos; me encontré con la Ley de Identidad de Género, que se había sancionado hace muy poco y que contemplaba no sólo el derecho a la identidad en los documentos oficiales, sino el derecho a la salud de manera integral. Aprendí, un día le mostré a mi mamá, después le pedí que le cuente a mi papá. Pero seguía estando en un período bastante oscuro, había dejado de comer. Cuando les conté a mis padres y empezamos a hacer estudios médicos, ellos se encontraron con una hija totalmente destruida y al borde de la muerte. Más que nada, el clic lo tuvieron que hacer ellos cuando me vieron en ese estado y, por más que no terminaban de comprender exactamente qué me estaba pasando, sí entendían que no era feliz. Entonces, ahí no importó nada más, no importó lo que dijeran sus familias, sus amigues, sus compañeres de trabajo, la gente del pueblo... lo que importaba en ese momento era su hija. Y ahí dijeron: ‘Tenemos que acompañarla, no podemos mirar para otro lado’.

- ¿Cuáles de las situaciones de sufrimiento que tuviste que pasar creés que serían evitables si la sociedad estuviera preparada para enfrentarse a la diversidad?

- Todas. Lo que me parece es que la sociedad no tiene que enfrentarse a la diversidad como si fuese un enemigo o como una cosa ajena, distante, como si tuviera que hacer las pases o romper la grieta, como si no estuviéramos dentro de la sociedad. Lo que me parece que la sociedad tiene que hacer es aceptar, abrazar y reivindicar su propia diversidad. Todos somos diversos de alguna manera, todos disidimos con algo del concepto hegemónico de lo que debe ser un hombre o una mujer. Individualmente, las personas tienen que amigarse con sus diversidades y sus disidencias, sin causar dolor en las personas que sí se enorgullecen de su diversidad.