El Diario de Gualeguay
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Jueves, 20 de junio de 2019
SEGUNDA SECCIÓN • PSICOLOGÍA
domingo, 02 de junio de 2019
El enigma del rostro
"Los rostros son enigmas que esconden pasiones y emociones, verdades y mentiras que a veces lava una sonrisa. Son el poder de la mirada fija en la mirada del otro, que es su doble, su cómplice o enemigo." Eso sostienen la Lic. Elina Matoso y el Dr. Mario Buchbinder, directores del Instituto de la Máscara, en el prólogo de la versión castellana de Rostros, el libro de David Le Breton (2010)
Le Breton es sociólogo y antropólogo, dio una entrevista al diario La Nación de donde extraigo algunos conceptos.
Belleza, delgadez, juventud, imagen. El cuerpo está en el centro de las preocupaciones de una sociedad que, paradójicamente, está sentada en el auto y en la oficina, frente a la computadora; de una sociedad que por momentos actúa como si el cuerpo fuera "un accesorio prescindible". El sociólogo y antropólogo francés David Le Breton ha estudiado esa relación de "amor-odio" durante más de dos décadas desde su cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Estrasburgo, y la ha plasmado en libros tales como Antropología del cuerpo y modernidad (1990), Adiós al cuerpo (1999), La sociología de cuerpo (2002) y El sabor del mundo (2007), entre otros títulos traducidos al español. Ahora la profundiza en Rostros, un ensayo de antropología que editaron en la Argentina Letra Viva y el Instituto de la Máscara durante su última visita a Buenos Aires. El rostro "nos deja desnudos frente a la mirada de los otros", reflexiona Le Breton; en la sociedad occidental "somos juzgados, reconocidos, amados o detestados" a partir de la apariencia. Como contracara, dice, Internet y las redes sociales plantean un universo de máscaras, donde las emociones se simplifican como los rostros en "emoticones" y "caritas felices", y las relaciones se deshumanizan.

- ¿Qué nos dice sobre nuestra sociedad el papel que le asignamos al cuerpo? - Para mí, el cuerpo está en el centro de las preocupaciones de innumerables occidentales. En los últimos años se desarrolló un mercado del cuerpo que alimenta una preocupación por la apariencia, la juventud, la seducción, la belleza, la delgadez... Y también el cuerpo está en el centro de las preocupaciones en términos de salud, por las actividades físicas y deportivas que muchos de nuestros contemporáneos practican para mantenerse en forma. Creo que el cuerpo se convirtió en un elemento importante de nuestras preocupaciones, en la medida en que es cada vez menos utilizado en el desarrollo de la vida cotidiana y de la vida profesional. Yo he hablado del tema de la "humanidad sentada", es decir que, para muchos de nuestros contemporáneos, el cuerpo en la actualidad no sirve para nada. Muchos de nuestros contemporáneos están sentados durante todo el día en el auto y en la oficina, y en los edificios urbanos vemos el auge de las escaleras mecánicas, que hacen que la gente se detenga, no se mueva; como si el cuerpo ya no sirviera. En ese contexto de subutilización del cuerpo nace el sentimiento de no sentirse bien en el propio pellejo. Esa subutilización del cuerpo provoca una fatiga nerviosa.

La sociedad convirtió el cuerpo en un accesorio, una suerte de materia prima con la que podemos construir un personaje. Por medio del fisicoculturismo, de las dietas, nos volvemos en cierto modo ingenieros de nuestro propio cuerpo. La gente que no trabaja su cuerpo es señalada como aquella que se deja estar, y es excluida. Tienen mala reputación. Como si fueran personas moralmente cuestionables porque no juegan el juego del marketing, de los cosméticos... Hay en nosotros miles y miles de personajes posibles que quizá no conoceremos nunca, porque sólo determinadas circunstancias podrían hacerlos aparecer. Somos una presencia humana. Para mí no existe el espíritu por un lado y el cuerpo por otro. La condición humana es una condición corporal. Hay una inteligencia del cuerpo, así como hay una corporalidad del pensamiento.
-Los únicos lugares desnudos del cuerpo son las manos y el rostro. A partir de nuestro rostro somos juzgados, reconocidos, amados, detestados. Por nuestro rostro se nos asigna un sexo, una edad, se nos juzga como bellos o feos. El rostro es un lugar de alta vulnerabilidad en el vínculo social, porque nos deja desnudos frente a la mirada de los otros. Lo que detestamos sobre todo es el rostro de la vejez, el rostro de la enfermedad, el rostro de la desfiguración. Yo creo que ahí tenemos que librar batalla, para subrayar el hecho de que la dignidad y la equidad de los hombres y las mujeres es también la dignidad del rostro, ya sea el rostro de un niño o el de un anciano.