El Diario de Gualeguay
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Martes, 16 de julio de 2019
NOTAS LOCALES
jueves, 11 de julio de 2019
Crónica de una donación esperanzada
El sol más fuerte del día, alumbraba sin cesar. El salón del Nido estaba cada vez más templado, se hacía cada vez más cálido. No solo la luz que entraba por las ventanas hacía que el ambiente fuera más tenue, sino que mucho tenía que ver la gente.
En aquel salón, se estaba llevando adelante el Spa Solidario de Pelucas de Esperanza. En la entrada del mismo, podías comprar el bono o una parte para realizarte alguna de las tantas cosas que ofrecían, como manicura, pedicura, peluquería, masajes y reflexología. También tenían escarapelas de Pelucas, el tan conocido Pin y la infaltable mesita, repleta, con los mechones de cabello donados.

Lo que hace esta organización sin fines de lucro, es impresionante y desborda de amor. Estas personas buscan recolectar cabello natural, real, para poder armar cortinas de pelo y formar pelucas. Las mismas, las prestan mediante un contrato, a todas las mujeres y niñas que estén atravesando la etapa de quimioterapia. La quimio, es un proceso que se da en la “cura” para ciertos tipos de cáncer, como el de mama que es al que más se enfrentan todas las mujeres que piden prestada una peluca. Dicho tratamiento hace que el pelo, las uñas o los dientes se caigan. También te deja ojeras muy grandes, hace que tu piel se vea pálida, que tu cuerpo se sienta desganado todo el tiempo y solo se quiera dormir. Pero también te “cura”, te ayuda a sanar. Y hablo siempre de cura con comillas, porque de esta enfermedad nunca te dan el alta.

Yo la recuerdo a mamá, pasando por esa etapa. Sin dudas, fue para ella la peor, la más dolorosa. Había pasado ya por cosas horribles en el proceso de intentar curarse y encima se le caía el pelo. Estaba más hinchada, con la cara pálida, los ojos saltones y morados. Se veía al espejo y no era ella, me lo dice hasta el día de hoy. Cuando una noche salió de bañarse y al peinarse sus cabellos comenzaron a caerse de a pedazos y sus ojos se llenaron de lágrimas, papá dijo basta y la peló. Si, así de una. Para que no sufriera tanto. Y con una gorrita, que sus amigas ya le habían preparado, se tapó.

En ese momento, Pelucas de Esperanza no existía. Así que nunca pensó en usar una peluca, porque son demasiado caras y generalmente no son de cabello real. Se nota y la podía lastimar. Así que siguió con sus pañuelos. Y yo fui y me corté lo que más pude el pelo… Es la peor parte, repito, porque encima la gente te mira, te mira raro. Quizá por miedo, por pudor, por los estereotipos que nos fuimos creando. No lo sé. Solo sé que te miran. Perder el pelo para alguien con cáncer, es como la gota que rebalsa el vaso. Sentís que más no te puede pasar.

Unos años después, cuando mamá ya estuvo bien, nació Pelucas y una de las veces que vinieron las chicas a nuestra ciudad, porque son de Gualeguaychú y han llegado a extenderse con sedes en todo el mundo, fui y doné mi cabello con una amiga a quien su mamá estaba pasando por lo mismo que había pasado la mía. Desde entonces, tenía 12 o 13 años, se me hizo costumbre cortarme el pelo cortito, a lo varón o lo más que pudiera para donárselo a las chicas que lo necesitaban seguro más que yo. Porque el mío por ahora crece. Y crece rápido. Si total, solo es pelo. Vuelve a salir.

Todos los que estuvimos en el Spa, fue porque queríamos ayudar. Muchas personas nos cortamos allí mismo el cabello. Algunos donaron unas mechitas, otros nos rapamos media cabeza. Todo suma, todo vale a la hora de ayudar. Si total, solo es pelo. Vuelve a salir.

En el rostro de la gente se notaba la felicidad que tenían de, cada uno desde su lugar, estar ayudando. El ambiente te abrazaba y con solo mirarnos todos, entre nosotros, nos decíamos gracias. Gracias por ayudar, porque es mucho más lindo dar que recibir.

La tarde se fue en chocolatadas, tortas, anécdotas y abrazos. Sobre todo, los abrazos, fueron para Ely Andrade que deja la vida en esta causa y para los peluqueros quienes nos ayudaron a donar el pelo, nos ayudaron a que la ayuda fuera más real. Porque en ese mechón de pelo que nos quitamos con ganas y sin miedos, en ese mechón, va la sonrisa y la belleza del otro. Ahí van las buenas intenciones de que alguien se sienta mejor. Ahí va una pequeña caricia al alma. Si total, solo es pelo. Vuelve a salir.

Marilina Camino Gomensoro