El Diario de Gualeguay
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Sábado, 21 de septiembre de 2019
NOTAS LOCALES
Homenaje a los Inmigrantes
domingo, 08 de septiembre de 2019
“Pioneros y civilizadores, hombres y mujeres de bien que llegaron para engrandecer nuestras tierras”
Con motivo de haberse conmemorado el pasado 4 de septiembre el “Día del Inmigrante” que fuera establecido por decreto del Poder Ejecutivo Nacional N° 21.430 del año 1949, Segunda Sección recabó testimonios de descendientes de esos hombres y mujeres que arribaron a nuestra tierra en busca de un futuro más propicio. Es así que conversamos con la señora Graciela Mayer, con Teresita Kablan y Cristina Arias Kablan. En la edición del próximo domingo entregaremos los recuerdos de la Sra. Laura Sinner, descendiente de alemanes del Volga.
Un poco de historia:
La fecha del 4 de septiembre de 1812 recuerda cuando el Primer Triunvirato firma el decreto a partir del cual la República Argentina abría sus fronteras a los inmigrantes de cualquier parte del mundo que quisiesen vivir en ese territorio.
Desde mediados del siglo XIX llegaron inmensos grupos de inmigrantes, principalmente contingentes de españoles e italianos, y en menor medida rusos, franceses, polacos, sirios, libaneses, judíos y armenios, que sin saber muy bien a dónde se dirigían fueron tentados por la posibilidad de un destino mejor que el que Europa, o su lugar de origen, les ofrecía. Las colectividades se afincaron y formaron pueblos, barrios e instituciones, en los que trataron de conservar sus costumbres. Si bien muchos inmigrantes no eran obreros calificados, afinidades idiomáticas y religiosas facilitaron su integración. Ellos fueron pioneros y civilizadores a la vez, hombres y mujeres de bien que llegan para a trabajar y para engrandecer nuestras tierras.

Graciela Mayer, hija de Herz Mayer: “Recuerdo la bondad
y la sonrisa siempre presente de mi padre”


Graciela Mayer de Guercovich recuerda con mucha emoción y ternura las anécdotas de su padre Hersel, que llegó a la Argentina en 1930, pero principalmente destaca: “Era un hombre bueno, una bondad presente con todos, porque era parte de su esencia, al igual que la sonrisa siempre reflejada en su rostro. Un momento que recuerdo es la inmensa felicidad que sintió cuando le entregaron el documento que lo acreditaba como ciudadano argentino, algo que deseó desde que arribó a este país”.
G. Mayer comparte con nosotros una entrevista que le realizara Pablo Guercovich a su abuelo cuando tenía 95 años, de la cual tomamos datos y fragmentos.
“Pasaron más de 70 años y hoy, a los 95, mi abuelo no recuerda ni una sola palabra del húngaro, su idioma materno, ni del polaco, el idioma de su padre, ni del checo, ni del eslovaco que pasaron a ser idiomas oficiales de Checoslovaquia y él tuvo que aprenderlos… Hersel debía construir un futuro en castellano”, dice Pablo.
Hersel Mayer era oriundo de Velky Berezny, Imperio Austro-Húngaro; había nacido en 1906. Después de la guerra de 1914, pasó a ser checoslovaco y luego hubiera sido ucraniano si se quedaba allá. Su madre había fallecido por mala atención en un parto; su padre, un hermano, su abuela, dos de sus cuñadas y sus hijos murieron en campos de concentración. Emigró a la Argentina en 1930 porque se hablaba que avecinaba una nueva guerra y no quería estar ahí, con un ambiente antisemita muy marcado. Sus otros hermanos también emigraron; la condición era que uno debía pagarle el pasaje al otro hermano, y así sucesivamente.
“En realidad, yo quería ir a Estados Unidos, pero cuando me preguntaron en la embajada si tenía oficio, contesté que no, y me negaron la visa…” Alguien me nombró otros países, todos de Sudamérica, preferí la Argentina, no sé bien por qué…”.
Hersel Mayer llegó a Buenos Aires, se hospedó en el Hotel de los Inmigrantes, en el puerto. Se trasladó a Entre Ríos donde ya estaba su hermano Leivobich. Hizo changas, trabajó en la cosecha con mala paga y mucho cansancio. Más adelante pintaba puentes ferroviarios, hasta que dio con un hombre dueño de un gran almacén quien le entregó mercadería para vender en forma ambulante. Comenzó una época de mayor bienestar, puso un almacén y por 300 pesos compró un mercadito. Por trámites viajaba a Buenos Aires desde Basavilbaso donde conoció a Rebeca, su esposa. Vivieron en Maciá, compró un camión, sacó una lotería con la que se dieron el lujo de comprar una radio molinillo y acumulador. Su creatividad lo ayudó en los negocios y en el año 1947 se mudaron a Gualeguay después que nació Graciela, la más chica de cuatro hermanos, Alberto, Mario y Hugo. Buscaba que sus hijos tuvieran una buena educación. Con un almacén grande se dedicó a la venta mayorista, distribuidor exclusivo de muchos productos; hizo negocio con cueros y, ya por los años sesenta, se dedicó al negocio avícola, siendo pionero en Entre Ríos.
Graciela recuerda que el hecho de irse a estudiar no se discutía; el único que no aceptó fue Alberto, quien se asoció con su padre.
“Siempre me sentí argentino”, le dijo a su nieto Pablo. “A mí me dio mucha felicidad cuando me dieron la carta de ciudadanía (27 de diciembre de1955)… Me acuerdo que el juez me empezó a preguntar cosas de la historia argentina que yo no sabía… Cuando vio que me puse nervioso, dijo sonriendo: “Deje, yo voy a contestar por usted. La Revolución de mayo de 1810…”.
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