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Martes, 22 de octubre de 2019
COLUMNAS • MÑOR. J. LOZANO
domingo, 29 de septiembre de 2019
EXPULSADOS DE LA PROPIA TIERRA
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Muchos de los que están leyendo este texto tienen en su árbol genealógico más o menos cercano a quienes han migrado hace décadas a nuestro país. Las razones han sido diversas: buscar trabajo; huir de la guerra; escapar de la pobreza.

Esta situación fue muy bien acogida en nuestro país, y ha tenido el reconocimiento y gratitud de todos los Continentes. Sin embargo hoy en Europa se dan importantes resistencias a estos nuevos expulsados de su tierra.

Este fin de semana se celebra el día del Migrante y del Refugiado. Como lema el Papa ha propuesto “No se trata sólo de Migrantes”, haciéndonos notar que “no solamente está en juego la causa de los Migrantes, no se trata sólo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia humana”.

Esta es la cuestión fundamental, reconocer que somos miembros de una misma familia humana, en la cual hay lugar para todos, sin excluir a nadie. Lamentablemente nos encontramos con reacciones racistas y xenófobas que estigmatizan y oprimen a quienes son de una cultura o etnia diversa. Se tiene miedo a quienes provienen de culturas y costumbres diversas.

También es necesario prestar atención a lo que denuncia Francisco en su Mensaje: “los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan”. Fabricar armas y enriquecerse con los conflictos bélicos no es inocuo. Las guerras y atentados siembran muerte e injusticia.

Insiste el Papa en conjugar cuatro verbos en forma simultánea: acoger, proteger, promover e integrar.

La situación de muchas familias es dramática. Son estafados por quienes les prometen salvoconductos y llevarlos a una ciudad, pero en realidad les abandonan en condiciones de indigencia. Niños, niñas, adolescentes y jóvenes son captados para el comercio sexual y la explotación laboral. Algunas familias quedan divididas entre los que partieron y quienes se quedaron.

En varias circunstancias los adultos mueren o son detenidos mientras los hijos quedan a la intemperie.

Por esto es tan importante la solidaridad. No podemos mirar para otro lado.

En la Argentina también tenemos que acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes. Son cada vez más los que vienen de países vecinos y otros de América Latina y el Caribe.

Debemos construir puentes, no muros. Los puentes comunican, unen, generan amistad y encuentro. Los muros dividen y excluyen, son selectivos.

Recordemos que Jesús, María y José tuvieron que huir a Egipto ante la persecución de Herodes. Ellos fueron migrantes. Recibiendo con sincera hospitalidad a quienes son desplazados estamos sirviendo a la Sagrada Familia de Nazareth.