Pbro. Jorge H. Leiva
Defender la alegría
Hace unos años el poeta uruguayo Mario Benedetti mostrándonos una tarea decía que hay que “Defender la alegría como un destino/Defenderla del fuego y de los bomberos/De los suicidas y los homicidas (…) De la obligación de estar alegres”.
Este domingo que viene el Pueblo de Dios estará invitado a “defender la alegría” como un regalo que hay que cuidar apreciando lo gratuito como un tesoro. Desde hace siglos en los templos –antes de la Navidad- viene resonando el mandato de Pablo de Tarso que dice: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres”.
Preguntémonos: ¿Se puede mandar la alegría? ¿Cómo invitar al gozo a quien está en la pobreza, en el duelo, a quien es víctima de la injusticia, la guerra, el hambre y el destierro? ¿No será que la alegría es fruto de la “buena suerte” de la que sólo algunos son tributarios?
Digamos, en primer lugar, que siempre es peligroso creer que un pequeño grupo está predestinado a la felicidad con elitismo, hipocresía y falta de empatía. Cuando un grupo se siente así, felizmente privilegiado, y se considera con el “derecho” a no hacerse cargo del dolor ajeno abandona la fundada posibilidad de ser feliz “trabajando por la Justicia”, como dice el sermón del Monte. Porque, en segundo lugar, hay que afirmar que la verdadera alegría es substancialmente comunitaria y que, por lo tanto, “la manera para ser feliz es hacer a otro feliz”, como solemos cantar en nuestras comunidades. De este modo, no puedo ser feliz en mi casa si en el patio del fondo hay hermanos que gimen y lloran y yo permanezco indiferente. Se puede mandar la alegría porque se puede y se debe mandar el amor: “Ámense y en eso estará el gozo de ustedes”, decía Jesús en la última cena.
También el poeta Rabindranath Tagore afirmaba: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría”. Es decir, no puede ser verdaderamente feliz quien no aprendió a amar al Creador como fuente y fin de todo, a su gente y a la creación como casa comunitaria.
En tercer lugar, afirmemos que no puede ser portador de la dicha quien con ignorancia tendenciosa y mentirosa no dice toda la verdad acerca de todas las dimensiones de la dignidad humana. De esa manera, no amaré de veras si no atiendo -por ejemplo- a la verdad de un niño que me pide “infinitos celulares” cuando en realidad necesita atención amorosa y educación integral. Es que el error o la mentira no genera verdadera bienaventuranza a las personas, las familias y los pueblos, como ya bellamente expresaba Benedicto XVI: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo y el amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente”. Sabemos de sobra que sin la verdad a esa arbitrariedad la “colonizan” los mercaderes e ideólogos de turno.
Es por eso que para las nuevas generaciones -agrego- la sobreabundancia de distracciones, de mascotas y diversiones es mero envoltorio triste y vacío para la angustia de la nada de nuestros pobres chicos que no pueden ser felices saboreando la sabiduría de la vida.
Finalmente, preguntémonos: ¿Se puede ser feliz sin el conocimiento del Dios verdadero? ¿No será que Él viene a estropear mi proyecto de libertad y alegría? Mario Benedetti considera de modo erróneo -con todo respeto al poeta- que a la alegría hay que defenderla de Dios mismo. Puede ser que en algún momento la imagen de Dios estuvo tan desfigurada que algunos pensaron que era un estorbo para la verdadera dicha de los seres humanos y puede ser también que a veces “el silencio de Dios aturde”: Con la Navidad que se acerca aprendemos que es posible la verdadera alegría en la esperanza que reemplaza las ilusiones pasajeras.