Pbro. Jorge H. Leiva
Esperanza y paciencia
Estamos viviendo el jubileo del año 2025 con el lema “peregrinos de la esperanza”.
Cuando el papa nos convocó para este tiempo santo nos dijo que hay una virtud estrechamente ligada a la esperanza que es la paciencia. ¿Qué entendemos con este término? La paciencia es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas.
En google se nos sugieren algunos sinónimos: temple, aguante, tolerancia, entereza, estoicismo, perseverancia, conformidad, resignación, serenidad, tranquilidad, calma
En la Biblia, la paciencia es la capacidad de soportar dificultades y adversidades sin enojos para con Dios, sin frustración o ansiedad. Es una virtud que implica perseverancia, constancia y dominio propio para glorificar a Dios y servir a los demás. En el Antiguo Testamento Job es el arquetipo de la paciencia.
La paciencia es un fruto del Espíritu Santo, según Gál 5,22 y es fundamental para que las pruebas sirvan para nuestro bien, ya que aumenta la confianza en Dios y el gozo.
Nos dice el papa Francisco describiendo los tiempos que nos tocan vivir: “Estamos acostumbrados a quererlo todo y de inmediato, en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante. Ya no se tiene tiempo para encontrarse, y a menudo incluso en las familias se vuelve difícil reunirse y conversar con tranquilidad. La paciencia ha sido relegada por la prisa, ocasionando un daño grave a las personas. De hecho, ocupan su lugar la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacción y cerrazón.
Asimismo, en la era del internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el “aquí y ahora”, la paciencia resulta extraña. Si aun fuésemos capaces de contemplar la creación con asombro, comprenderíamos cuán esencial es la paciencia. Aguardar el alternarse de las estaciones con sus frutos; observar la vida de los animales y los ciclos de su desarrollo; tener los ojos sencillos de san Francisco que, en su Cántico de las criaturas, escrito hace 800 años, veía la creación como una gran familia y llamaba al sol “hermano” y a la luna “hermana”. Redescubrir la paciencia hace mucho bien a uno mismo y a los demás. San Pablo recurre frecuentemente a la paciencia para subrayar la importancia de la perseverancia y de la confianza en aquello que Dios nos ha prometido, pero sobre todo testimonia que Dios es paciente con nosotros, porque es «el Dios de la constancia y del consuelo».
Nos dice también el sucesor de Pedro que la espiritualidad popular, tan despreciada a veces por ciertos “intelectuales”, ha sabido aprovechar los tiempos, los “momentos fuertes” de aprendizaje de la esperanza y la paciencia sobre todo a través de las peregrinaciones.
Nuestro templo parroquial de la Virgen del Rosario es uno de los “templos jubilares” por disposición del señor obispo y “Las iglesias jubilares, a lo largo de los itinerarios y en la misma Urbe, podrán ser oasis de espiritualidad en los cuales revitalizar el camino de la fe y beber de los manantiales de la esperanza”.
Aquí en nuestra casa que es casa del Rosario podremos aprender la paciencia que va de la mano de la esperanza.
La violencia fratricida siempre es en parte un fruto amargo de la impaciencia. Lo decía de un modo dramático nuestro José Luis Borges: “… Cuando Juan Iberra vio/ que el menor lo aventajaba, la paciencia se le acaba y le armó no sé qué lazo/le dio muerte de un balazo/allá por la costa brava. (…) Así de manera fiel/conté la historia hasta el fin;/es la historia de Caín/que sigue matando a Abel”. Siempre el asesino es alguien que “no aguanta más” y legitima su crimen con una especie de “sagrada impaciencia”.
Alguna vez yo escribí estas modestas coplas: “ya no confundas el tiempo/ de la siembra y la cosecha/ la semilla está en la tierra/ hay que esperare que florezca”.
La esperanza no defrauda dice San Pablo; la paciencia tampoco.