Pbro. Jorge H. Leiva
La mujer sin mancha
A veces los seres humanos para disculpar nuestras miserias decimos: “es que soy humano”. Inmediatamente alguien podría objetar: “no encierre que no es majada” como decía-con cierto sentido del humor- un amigo mío. ¡No generalicemos!
Los católicos creemos que una creatura humana no tuvo ninguna mancha, ningún desorden, ninguna complicidad con lo que llamamos pecado y por eso a ella la llamamos “La Inmaculada”, la que no tiene mácula, la que carece de mancha.
El genial escritor inglés del siglo XX Gilbert Chesterton sobre que el pecado original es la única doctrina que podemos demostrar. Todo lo que tenemos que hacer es mirar a nuestro alrededor, las pruebas están por todas partes.
Veamos, queridos lectores, por ejemplo, la historia del traumático siglo XX con el comunismo, el nazismo, el capitalismo salvaje y las dictaduras de turno. ¿No es una prueba evidente de la presencia de un “misterio de iniquidad” como decía San Pablo?
Nada más cierto que la naturaleza humana está herida, desordenada, enferma.
Quien quiera negar la enfermedad está del lado de los virus y no de la medicina, estará del lado de las pestes y no de los médicos.
Cabe señalar que el pensamiento europeo moderno de un par de siglos atrás tenía la fantasía del “buen salvaje” que afirmaba que los seres humanos, en su estado natural, son desinteresados, pacíficos y tranquilos, y que males como la codicia, la ansiedad y la violencia son producto de la civilización. Un pensador del contexto de la revolución francesa llamado Jean-Jacques Rousseau lo expresaba en la frase «el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe».
En realidad, traemos “de cuna” un drama original y por eso es urgente tomar conciencia con serenidad y con mucho realismo de nuestra condición de “caídos” necesitados de ser “levantados”, sanados, reordenados.
Por eso me viene a la memoria la bella poesía del sacerdote Ernesto Cardenal que en su oración por Marilyn Monroe que dice con tono penitencial: “…Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes. Para la tristeza de no ser santos se le recomendó el Psicoanálisis….”
Todos tenemos hambre de ser amado por un amor absoluto, la nostalgia de no ser santos y la angustia ante la posibilidad de que nos desintegremos en la muerte (la del sepulcro y la del alma). La teoría del buen salvaje puede servirnos como tranquilizante, pero no como realidad para ubicarnos: nos hace falta una verdadera esperanza; no la mera ilusión que nace de las verdades a medias o de las mentiras.
Este 8 de diciembre celebraremos con esperanza a la Inmaculada, con la certeza de que el mismo poder que preserve a ella de toda mancha nos irá purificando a cada uno de nosotros si es que desde nuestra libertad confiada y esperanzada dejamos de lado los “tranquilizantes” de los que hablaba el poeta y nos dejamos amar para aprender a dar y darnos según el Sagrado Corazón.
Porque soy humano trataré esta semana de vivir según la Inmaculada y pediré al cielo esa gracia.