Hacia una política de la Alteridad.
La política, en su sentido más elemental, no es otra cosa que la gestión de lo común. Sin embargo, esa definición se queda corta si no reconocemos que lo común siempre está atravesado por lo diverso, lo distinto, lo inesperado. Allí aparece la noción de alteridad: la presencia del otro como condición constitutiva de la vida social y, por lo tanto, de la política. No hay democracia sin reconocimiento del otro, no hay ciudadanía sin la aceptación de la diferencia, y no hay horizonte colectivo sin la construcción de un nosotros que no borre, sino que abrace, la pluralidad.